Visualizar la montaña de manera filosófica o deportiva siempre es saludable. La primera nos permite sentar las bases para abrir la mente y trazar un camino organizado para alcanzar un logro o un reto. La segunda nos permite disfrutar de la naturaleza que nos rodea y mejorar nuestros hábitos de vida, tanto físicos como mentales.

A su vez, el doble filo que tiene alcanzar la cima de la montaña puede crear frustraciones en personas que no estén preparadas o entrenadas para gestionar emocional y físicamente dichas tareas o esfuerzos.
Por eso es necesario reflexionar desde el plano filosófico, que cada cima es única e independiente para cada persona. No se trata del mismo reto para todos, de ir más rápido y llegar el primero.
Hay que alejarse de la competitividad, aunque cuando hay compañía podemos trabajar en equipo, ascender al unísono y disfrutar juntos de la experiencia compartida.
Se trata de alcanzar las metas que nos planteamos personalmente, adquirir aprendizajes, crecer, evolucionar, superar los obstáculos y aprovechar los recursos disponibles que nos encontramos a lo largo de la vida, ya que pueden ser muy diversos senderos los que poder afrontar.
Al la hora de emprender el camino de la montaña es muy recomendable mantener la calma, disfrutar del recorrido, del proceso de transformación, del entorno y recordar que debe ser una experiencia enriquecedora y saludable. Y por supuesto tener muchas ganas de reír.
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